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El peso de la soledad

«El peor sufrimiento, escribió André Malraux, es la soledad que lo acompaña». Es cierto que dudamos en acercarnos a una persona que sufre, sea porque nos sentimos torpes para hablarle o porque el sufrimiento nos asusta. El resultado es que no solo dejamos en su sufrimiento al que necesitaría precisamente un poco de simpatía, sino que también lo dejamos en una gran soledad. Pero, ¿por qué, incluso sin estar pasando por un sufrimiento en particular, tantas personas están tan solas? ¿Por qué, incluso en medio de una multitud, podemos sentirnos tan solitarios? ¿Por qué ciertos contactos no hacen más que acentuar aún más esta impresión de vacío?

Este sentimiento de soledad procede del hecho de que el hombre perdió su relación con Dios. Debido al pecado, el hombre fue echado de la presencia de Dios. Pero Jesús vino a la tierra para restablecer esta relación del hombre con su Creador, y colocarlo en una relación de hijo con su Padre.

Antes de dejar a sus discípulos, Jesús les dijo: “Estoy con vosotros todos los días” (Mateo 28:20). Y el apóstol Pablo, aislado en una cárcel, escribió: “Todos me desampararon… pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas” (2 Timoteo 4:16-17).

A menudo se habla de acompañamiento de personas, en relación con los que se acercan al final de su vida. ¡Qué paz para el cristiano poder abordar esta última etapa con la seguridad de tener a Jesús a su lado!

“No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (Salmo 23:4).

Tomado de: labuenasemilla.net

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