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Sus ojos se abrieron

Los dos discípulos de Jesús que descendían de Jerusalén pensaban que todo se había acabado: su Maestro había sido crucificado. Pero Jesús, resucitado, se acercó a ellos y les dijo: “Estáis tristes”. Ellos no lo reconocieron a primera vista. Él se interesó en lo que sentían, los escuchó, los consoló e hizo que su corazón ardiese cuando les explicaba las Escrituras. Por último se dio a conocer a ellos en el momento en que partió el pan para cenar juntos.

Hoy Jesús se revela a nuestra fe. Los «ojos de nuestro corazón» deben ser abiertos para que la tristeza se disipe y el gozo de la resurrección nos ilumine.

Esos dos discípulos regresaron inmediatamente a Jerusalén para dar la noticia a sus amigos. Este relato, que empieza en el camino con dos hombres tristes, termina en medio de un grupo de creyentes que se gozan juntos.
Amigos creyentes, nosotros que creemos en la resurrección de Jesús, ¿podríamos permanecer resentidos y decepcionados, incluso si tenemos diferentes motivos para estar tristes?

El Señor está vivo, él es la fuente de una nueva vida llena de gozo, por ello llevemos ante su presencia todo lo que nos entristece, y gocémonos con nuestros hermanos y hermanas. Tenemos en común la fe en su resurrección. Esta vida en común, llena de gozo y esperanza, fue un hermoso testimonio de la Iglesia primitiva. Todavía hoy, ella debe caracterizar a los creyentes reunidos en torno a su Salvador vivo.

Tomado de: labuenasemilla.net

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