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La vida de la fe

Para algunos, «nacer a la fe» es el resultado de un desarrollo apacible; otros, solo a través de largos debates del espíritu o de circunstancias dolorosas finalmente hallan la paz con Dios.

Pero siempre es la acción de la Palabra de Dios y de su Espíritu la que conduce a la fe. Es un hecho misterioso, pero cierto, porque lleva la marca divina. Es un secreto del alma, indeleble, para cada creyente.

Luego la vida de la fe se hace realidad cotidiana, a través de periodos apacibles o difíciles. Las pruebas subsisten para el creyente, y a veces el hecho de que tiene fe incluso puede provocar más pruebas.

¡Cuánto sufrimiento para el espíritu y el corazón de aquel que es víctima de injusticias, y sin embargo cree en el Dios de toda justicia!

Cuando el creyente Asaf llegó incluso a envidiar “la prosperidad de los impíos” (Salmo 73), cuando constato en mí la ausencia de fervor, del deseo de orar, de leer la Biblia, ¿es perder la fe? El sentimiento de esa falta prueba lo contrario. Reconocerlo ante Dios ya es un hecho de fe. Al hablarle sencillamente de ello en oración, uno cuenta con él para que intervenga. Toma el camino que conduce a volver a hallar la luz, la paz y la confianza en Aquel cuyo amor no ha cambiado.

“Vuélvete a mí, porque yo te redimí” (Isaías 44:22).

“Vuélvenos, oh Señor, a ti, y nos volveremos; renueva nuestros días como al principio” (Lamentaciones 5:21).

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