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Confiemos en Dios

Abraham… se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido; por lo cual también su fe le fue contada por justicia. Romanos 4:20-22
Ya era de noche en el país de Canaán y Abraham estaba en su tienda. ¿En qué pensaba? Probablemente en la promesa que Dios le había hecho, que le daría una numerosa descendencia. Pero los años pasaban… Tenía aproximadamente ochenta años, y su esposa Sara también era mayor. ¿Acaso Dios los había olvidado? No, pues él es fiel (1 Corintios 10:13). Se apareció al patriarca en una visión y le dijo: “No temas”. Luego lo invitó a salir de la tienda y le dijo: “Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar… Así será tu descendencia” (Génesis 15:1, 5).

Abraham creyó lo que Dios le dijo. Esta confianza en la fidelidad divina fue la base de una relación preciosa con su Dios, puesto que “fue llamado amigo de Dios” (Santiago 2:23), y le fue dada paciencia para esperar todavía mucho tiempo. Pero un día, a los cien años, tendría en sus brazos a Isaac, el hijo prometido.

¡Qué palabras de ánimo para nosotros, creyentes que vivimos cuarenta siglos más tarde! Las dificultades que hallamos en nuestro camino a veces nos parecen incomprensibles, insuperables. Oramos y no obtenemos respuestas positivas, pero en su fidelidad Dios está ahí. Su promesa permanece: “No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5). Su reloj no siempre es el nuestro. Dios es soberano y nos ama; actúa cuando quiere y siempre en el buen momento.

La obra de Dios es perfecta, recuerda Moisés al final de su larga vida: “Él (Dios) es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud” (Deuteronomio 32:4).

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